I

Tengo un vinilo de 45 r.p.m. girando sin aguja. Hace tiempo que ya terminó el álbum y queda el sonido de las poleas que hacen girar el reproductor. Estoy sentado frente a la ventana, acabo de terminar otro libro que no sé si he degustado o estudiado, intentando empaparme del estilo, de las figuras, de la forma de tratar los temas. Afuera nieva. Las cumbres encanecen y el río refleja el frío sobre sus aguas. Bajo a servirme un café y en la nevera encuentro una nota. Se está volviendo una forma de comunicación demasiado habitual entre nosotros. De vuelta al despacho me encuentro con la gata, a la que casi piso. Puedo resumir los fragmentos de mi pasado en unas pocas líneas. Sin llegar a la infancia, el resto de mi vida postuniversitaria se fue diluyendo en la misma agua que todas las medicinas que hasta hoy he tomado. Tenía un futuro próspero, de los que hacen presumir a las abuelas aunque desconozcan lo que uno hace. Preparaba unas oposiciones que supondrían mi billete sin retorno al estado del bienestar prolongando mi éxito mientras agonizaba a base de antidepresivos. Lo dejé todo.

Mi madre



Se llamaba Edna Akin, y había nacido en 1910, en un rincón perdido de Arkansas, una tierra dura donde ape-nas diez años antes forajidos y atracadores formaban parte del paisaje. Edna es la madre de Richard Ford, y el punto de partida de la reconstrucción, entre certezas y sospechas, pero siempre con un púdico e intenso amor, del enigma de la novela familiar. Y de la historia de esa niña a quien su madre –la abuela de Richard Ford– hizo pasar por su hermana cuando abandonó a su marido y se fue a vivir con un hombre mucho más joven. De esa superviviente que se casó con un viajante y, antes de tener hijos, vivió quince años en la carretera, en un puro presente. De esa madre que se quedó viuda a los cuarenta y nueve años, fue entonces de un trabajo a otro para mantenerse y mantener a su hijo adolescente, y nunca pensó que la vida era otra cosa que lo que le había tocado vivir... «El gran novelista americano dice adiós a la mujer que le dio a luz. Y es una despedida que conmueve y perturba» (Jean-Paul Dubois).



Mi madre
por Richard Ford

Traducción de Marco Aurelio Gambarini

Editorial Anagrama
Panorama de narrativas
Edición 2010